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Aritz y la homofobia

Aritz y la homofobia

Antes de comenzar la decimosexta edición de GH pedíamos que, tras quince años de programa, el machismo fuese penalizado y hubiera una relación homosexual dentro de la casa. Lo primero no se ha cumplido, pero lo segundo es evidente que sí. La relación entre Han y Aritz ha dado mucho que hablar y ha sido bastante incomprendida por sus compañeros y por una Mercedes Milá que, por mucho que quiera ir de moderna, todos los años la acaba cagando con alguna salida de tono retrógrada.

Anoche Aritz dejó la casa y todo el mundo estaba expectante por saber si por fin saldría del armario y confesaría que el concursante chino le gustaba, le ponía o incluso que le amaba. También era de esperar que no lo hiciera. Que salga del armario o no es algo que nos da realmente igual, pues de algún modo ya lo ha hecho. Lo que no nos parece tan bien es el doble discurso del respeto y la privacidad, bien cargado de homofobia, que algunos confunden con normalidad.

A la pregunta de Mercedes Milá sobre el género de la “persona especial” que tenía fuera de la casa, Aritz contesto: “No lo voy a contar porque estamos en pleno siglo XXI y pienso que eso debería dar igual”. Lo que el vasco no entiende es que en pleno siglo XXI lo que no da igual es que todos los heterosexuales puedan hablar tranquilamente de sus parejas y exparejas en el trabajo, en la escuela o en un reality show y nadie vea nada raro en ello y tú, por ser homosexual, bisexual o pansexual tengas que envolverlo todo en un halo de misterio para no expresarte abiertamente. A lo mejor se quería referir con “siglo XXI” a desigualdad que, pensándolo bien, sí es algo que va en aumento a todos los niveles.

Por mucho que lo intentamos, no encontramos diferencias entre esta actitud y la del Don’t ask, don’t tell del Ejército norteamericano, que, hasta 2010, prohibía a los altos cargos preguntar a los soldados por su orientación sexual pero también impedía a éstos hablar abiertamente de ella. Todo el mundo entendió que la medida era radicalmente homófoba y, afortunadamente, fue derogada.

Un caso parecido al de Aritz fue la semi-salida del armario de Sandra Barneda en Hable con ellas. La presentadora se ponía muy digna para decir que estaba muy orgullosa de ser mujer, pero de nada más. También fueron polémicas hace unas semanas las declaraciones de Matt Damon que, acostumbrado a acudir a actos públicos con su mujer, afirmaba que era mejor mantener tu orientación oculta por el bien de tu carrera como actor. En todos los casos en los que se defiende la discreción en relación a la orientación sexual, siempre es referida a personas no heterosexuales.

“No me gustan las etiquetas”, ha dicho Aritz en repetidas ocasiones. Las etiquetas han servido durante décadas, sirven hoy en día y seguirán sirviendo para normalizar lo que “en pleno siglo XXI” ya debería estar superado. Ocultar que tu pareja es un hombre mientras tu compañero puede hablar sin recelos de su novia te hace desigual a él.

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El desviado de este post

Nací del cruce de un pequeño pony con un oso amoroso. Aunque mis padres quisieron hacer de mí un macho hetero vistiéndome con la equipación del Real Madrid para celebrar mi primera comunión, debajo llevaba unos calzoncillos con unicornios y soñaba con que me regalasen la mansión de Barbie. Al final, el regalo estrella fue una colección de micro machines, de los cuales mi favorito era el rosa. Ya de adolescente, mi primera excitación sexual fue con el Playboy que escondía mi hermano bajo el colchón, pero no con la jamelga de portada, sino con el modelo de ropa interior en la publicidad de la página 27. Ahí tuve una epifanía: era un desviado y siempre lo sería.

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