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Vayamos a lo importante

Vayamos a lo importante

En la última semana nuestra sociedad en general y nuestros líderes en particular se han empeñado en demostrarnos que la violencia de género es un asunto secundario en España. Desde 2003 se han contabilizado 846 víctimas mortales, un dato terrible y más si lo comparamos con cifras que nos han alarmado mucho más como los asesinados por ETA (829 durante medio siglo, un período cinco veces mayor). Hubo un tiempo en el que parecía que habíamos tocado techo y en el que todos empezábamos a concienciarnos para combatirla, desde las instituciones (la ley de Zapatero se aprobó por unanimidad de todos los grupos parlamentarios en el Congreso), los medios de comunicación y el resto de los ciudadanos, siendo políticamente incorrecto hacer humor o frivolizar sobre el tema (algo que no comenzó a suceder hasta que no se le puso nombre al problema poco tiempo atrás).

Sin embargo, en los últimos años estos tres pilares sobre los que sustentaba la esperanza de erradicar la violencia de género se han relajado y el número de víctimas está repuntando. Ciudadanos, un partido que defiende abiertamente la eliminación del agravante penal por género y que, por tanto, no estaría a favor de una ley que fue respaldada hasta por el Partido Popular, ha entrado con fuerza al Congreso en las últimas elecciones con 40 escaños (está por ver si consiguen mantenerlos el 26J). Así mismo, la ley se ha demostrado insuficiente para acabar con un problema que no se ataca en el origen: el machismo.

En el debate de anoche asistimos a un espectáculo lamentable cuando se trató de abordar el tema dentro del bloque de políticas sociales. Viendo cómo los candidatos agotaban su tiempo, Ana Blanco les recordó que uno de los temas pactados era la violencia de género: “Les pido que dejen un poco de tiempo para hablar de la violencia de género, si puede ser”. No pudo ser. Mariano Rajoy y Albert Rivera agotaron todo su tiempo sin hacer mención al asunto y tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias prefirieron medirse los penes y lanzarse acusaciones antes de dedicarles una o dos frases al asunto. Ni Pedro Piqueras ni Vicente Vallés intervinieron al respecto. Blanco no volvió a insistir. Siete personas, una sola mujer (la única que pidió que se hablara de ello) y apenas 20 segundos. Por poner en una balanza qué es importante y que no, los pactos postelectorales constituían por sí solos uno de los bloques del debate.

Sólo dos días antes nuestro Ministro de Interior Jorge Fernández Díaz se pronunciaba sobre la noticia de la presunta implicación del portero de la Selección española de fútbol David De Gea en el caso de trata de seres humanos por el que está detenido el empresario del porno Torbe: “Deseo que esto, en ningún caso, afecte a la selección española”. No hizo mención a las víctimas, cuyos testimonios son de elevada credibilidad para la policía y han sido claves para la detención del proxeneta. Lo importante era el fútbol.

Quizá se explique que un tipo como Fernández Díaz sea Ministro de Interior viendo cómo se comportaba parte de su ciudadanía en las redes sociales el día que se publicó la noticia. Edurne, la pareja de De Gea, fue rápidamente Trending Topic en Twitter. Muchas de las menciones a la cantante eran para ridiculizarla o simplemente para defender la inocencia del futbolista porque ella es guapa y tiene buen tipo. Sólo el machismo puede explicar que una sociedad ignore o deslegitime a unas víctimas de explotación sexual y ataque a la pareja de uno de los hombres presuntamente implicados:

Aureal

“Gracias por tu opinión de mierda”. Edurne

Es difícil ir a lo importante si no sabemos detectarlo.

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El desviado de este post

Nací del cruce de un pequeño pony con un oso amoroso. Aunque mis padres quisieron hacer de mí un macho hetero vistiéndome con la equipación del Real Madrid para celebrar mi primera comunión, debajo llevaba unos calzoncillos con unicornios y soñaba con que me regalasen la mansión de Barbie. Al final, el regalo estrella fue una colección de micro machines, de los cuales mi favorito era el rosa. Ya de adolescente, mi primera excitación sexual fue con el Playboy que escondía mi hermano bajo el colchón, pero no con la jamelga de portada, sino con el modelo de ropa interior en la publicidad de la página 27. Ahí tuve una epifanía: era un desviado y siempre lo sería.

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